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The Prisoner - S01, EP13 - Do not forsake me, oh my darling

Dr. Zito, September 6th, 2010

Una montaña suiza. Una pantalla. Diapositivas que se suceden. Imágenes de la Torre Eiffel, de glaciares, de playas, del Lago Ness. Una oficina lujosamente decorada que nos resulta familiar. Tres hombre serios que comentan las imágenes buscando en ellas una pista secreta, un indicio de un misterio que están tratando de resolver. De repente el más grave de todos ellos, Sir Charles, pide que se proyecte la diapositiva número seis. Aparece la imagen sobreexpuesta de un anciano, un científico al que llaman Seltzmann y que ha desaparecido sin dejar rastro.

Así, in medias res, y no con los habituales títulos de crédito, es como comienza Do not forsake me, oh my darling. Y ahí es donde también que termina suele decirse lo más interesante de este episodio, que de forma universal es considerado como el peor de El Prisionero. Mientras que en otros capítulos que no gozan del favor del fan como It´s your funeral o A change of mind es posible encontrar puntos de interés, debatir y protestar rabiosamente contra su dictamen, no resulta tan sencillo hacer lo mismo en este caso. Porque en efecto, Do not forsake me, oh my darling es el peor capítulo de la serie. Pero no crea el lector que se marchará con las manos vacías una vez llegado hasta aquí. Estamos hablando de un episodio de relleno de una de las mejores series de la historia catódica. Y eso ya es bastante, como verán a continuación

Al guionista Vincent Tilsley, que ya había contribuido a la serie con The Chimes of Big Ben, se le encargó una complicada misión. Escribir una episodio de El Prisionero sin el prisionero, es decir, sin Patrick McGoohan, que debía marchar a Estados Unidos durante unas semanas para participar en el rodaje de Ice Station Zebra (John Sturges, 1968), un entretenido film de intriga y espionaje en el Ártico. ¿Número 6 pero sin McGoohan? ¿Cómo conseguirlo? Tilsley encontró una solución: Transferir la mente de Número 6 a otro cuerpo de modo que otro actor pudiera representar el papel en ausencia de McGoohan. Aunque aquella salida fue ingeniosa, su ejecución no resultó muy diestra. La secuencia inicial sin ir mas lejos contiene un terrible diálogo expositivo entre Número 2 y el misterioso Coronel que lo deja todo meridianamente claro: Gracias a sus estudios con los yogis de la India, el Profesor Seltzmann, antaño al servicio de los nazis, perfeccionó una máquina capaz de transferir la mente de un cuerpo a otro. Tras la guerra el Profesor rehusó colaborar con ambos bloques y desapareció. La Villa, que se erige aquí como una especie de tercera superpotencia en la sombra, quiere encontrarle para poder infiltrar sus agentes en cualquier nación sin sospecha. Aunque dominan la primera parte del procedimiento de transferencia, solo Seltzman conoce cómo devolver una mente a su cuerpo original. Y sólo Número 6, casualmente su amigo y el último hombre que le vio con vida, puede dar con su paradero. El Coronel es convocado por La Villa para convertirse en el recipiente de la mente del Prisionero y que este pueda salir al exterior para encontrar al Profesor.

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La máquina de Seltzmann se nos presenta entonces con truenos y explosiones eléctricas como si de una invención de Frankenstein se tratase. En realidad, el Profesor no es el primer mad doctor de la ficción capaz de transferir mentes. Esa posibilidad ya llevaba considerándose en la literatura desde principios de siglo, aunque el sub-género del intercambio mental puede decirse que se inauguró en 1882 con Vice Versa, la novela de F. Anstey en la que un padre y un hijo intercambiaban sus mentes merced a una piedra mágica, historia que sería adaptada al cine múltiples veces, incluida la versión protagonizada por Kirk Cameron en 1988 (y de delirante titulo español De tal astilla, tal palo). La Ciencia, aunque con las fuertes dosis de espiritismo y mesmerismo que la teñían a finales del siglo XIX y principios del XX, no tardó en convertirse en una de las causas de esas literarias transferencias mentales, como por ejemplo en El Difunto Sr Elvesham (1896), el relato de horror científico de H.G. Wells en el que un malvado anciano intercambia su mente con la de un joven estudiante mediante pociones e hipnosis, El Gran Experimento de Keintplatz (1919) de Sir Arthur Conan Doyle o An Exchange of Souls (1911) la novela del escritor y humorista británico Barry Pain en la que un científico intercambia por error su mente con la de su prometida por medio de una máquina de su invención y que a su vez serviría de inspiración a H.P. Lovecraft para su relato La cosa en el umbral (1933).

Con el transcurso del siglo XX y la tecnificación de la sociedad el papel de la ciencia y del mad doctor fue ganando peso en la cultura popular y la transferencia de mentes comenzó a aparece con frecuencia en el cine y en la televisión. Así, tan solo unos meses antes de la emisión de Do not forsake me oh my darling, el episodio Who´s Who de Los Vengadores presentaba una argumento muy similar en el que Steed y Mrs Peel, gracias al aparato desarrollado por un científico ex-nazi, intercambiaban sus cuerpos con los de una pareja de salaces villanos, lo que daba pie a algunas escenas verdaderamente sublimes entre sus dos sofisticados e icónicos personajes (incluyendo besos, morreos y cachetes en el culo). No mucho después, en junio de 1969, el recorrido televisivo de Star Trek finalizaría con la emisión de Turnabout Intruder, una especie de adaptación interestelar de Turnabout, la novela de James Thorne Smith de 1931 en la que dos esposos transfieren sus mentes por culpa de la magia egipcia. En Turnabout Intruder la despechada Dra Janice Lester, un antiguo amor del Capitán Kirk, intercambia su mente con él con el fin de destruir el Enterprise y con ello su carrera. Con Kirk en el cuerpo de una mujer, el episodio regala al espectador algunos de los momentos más hilarantes, casi autoparódicos, protagonizados por el capitán galáctico más chuleta de la historia de la televisión, con permiso de su su inconfeso retoño, el Zapp Brannigan de Futurama.

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La máquina intercambiadora de mentes de Los Vengadores.

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La máquina intercambiadora de mentes de El Prisionero.

Como discute David J Skal en su libro Screams of reason: Mad science in modern culture (Norton, 1998) nuestra conflictiva y contradictoria relación con La Ciencia ha tenido una profunda influencia en la cultura. Por un lado La Ciencia nos ofrece la promesa de desarrollos fabulosos que nos ayuden a mejorar nuestras vidas, que nos permitan alcanzar esa dominación de la naturaleza que en el siglo XVI ansiaba Francis Bacon (quien quería “torturar a la naturaleza para arrancarle sus secretos”), la promesa de adelantos técnicos que consigan separarnos finalmente del reino natural y de su constante y doloroso recordatorio de nuestra contingencia. Pero en nuestro acercamiento al conocimiento científico también subyace una desconfianza cerval, una temor que nace de lo hermético que nos resultan sus reglas y su funcionamiento interno. Es por eso que la ciencia más diabólica, como dice Skal “nos atrae en tanto en cuanto se parece a la magia negra, con sus promesas de revelaciones y trasformaciones esotéricas” y es por eso que un hecho imposible como la transferencia de mentes pueda ser ejecutado en la ficción por un científico loco o por procedimientos mágicos indistintamente, ya sea con la ayuda de una piedra india (como en Vice versa) o mediante un ídolo egipcio (como en Turnabout).

Esa relación paradójica que mantenemos con La Ciencia es la que ha convertido con frecuencia a la figura del científico en la de un nigromante, obsesionado y ambicioso, un taumaturgo atormentado y en ocasiones mutilado que media entre nosotros y las fuerzas arcanas del conocimiento especializado, un hechicero que manipula las leyes de la naturaleza, que conjura poderes oscuros con los que tenemos la impresión de que es mejor no jugar, que es mejor no desencadenar porque el resultado solo puede ser la muerte o la locura. Y así se refleja en múltiples mitos, desde Prometeo y la Caja de Pandora hasta El Golem, Fausto o la criatura de Frankenstein.

El profesor Seltzmann pertenece en particular a la categoría de mad doctors arrepentidos de sus hallazgos. Al contrario que Ernest Rutherford, el padre de la física nuclear, científicos como Alfred Nobel, Albert Einstein o Robert Oppenheimer vivieron para conocer las consecuencias prácticas de sus descubrimientos, de su “jugueteo” con lo arcano. Oppenheimer en concreto, uno de los creadores de la bomba atómica y que ya tras el primer ensayo en Alamogordo había citado en público el famoso fragmento del las sagradas escrituras hinduistas “me he convertido en La Muerte, el destructor de mundos”, se negó a desarrollar la bomba H tras comprobar la devastación de Hiroshima y Nagasaki, negativa que le valió ser investigado como posible agente soviético por el FBI de J Edgar Hoover y declarado un “riesgo a la seguridad” en 1954. En Do not forsake me, oh my darling el Profesor Seltzman es consciente de que sus hallazgos sobre la fisión mental pueden traer consecuencias terribles si caen en las manos equivocadas y se retira del mundanal ruido para evitar que ninguno de los dos bloques obtenga el secreto del proceso de reversión y el poder que eso conllevaría.

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Robert Oppenheimer durante su comparecencia ante el comité que le investigó.

El Profesor también forma parte de la lista de científicos de la ficción que en algún momento militaron en las filas del Tercer Reich, como deja claro el burlón saludo nazi con el que Número 2 le recibe al llegar a La Villa. Inspirados en Wehrner Von Braun, el físico alemán al que los americanos indultaron a cambio de que colaborara con ellos en la carrera espacial, casos como el del Dr Strangelove de Teléfono rojo, volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964), el Profesor Seltzmann y el Dr Krelmar del mencionado episodio de Los Vengadores son ejemplos de mad doctors que tras la guerra continuan con sus siniestras investigaciones de forma más o menos clandestina. Una muestra más de nuestra profundamente arraigada sospecha de que el materialismo y la obsesión racionalista de los científicos les empuja a ignorar los principios de la moral y de la ideología.

Otro de los aspectos mas interesantes de este episodio se deriva de la transformación física que experimenta Número 6. Si hasta ahora La Villa había intentado hacerle cuestionar su identidad atacándo su mente con drogas, hipnosis y el lavado de cerebro, en este caso el cuestionamiento opera en la dirección contraria. Su psique mantiene su integridad y es su cuerpo el que se ve asaltado. El apuesto y pulcro Número 6, héroe superdotado y espía internacional, habita ahora el cuerpo de un hombre de aspecto ordinario, más viejo, torpe y con sobrepeso, un cambio que resulta aún más dramático y descorazonador gracias a la interpretación del actor Nigel Stock como el Coronel, un actor con el físico y las dotes interpretativas de una enorme estaca de madera. Al contrario que en Who are you, el episodio de Buffy Cazavampiros en el que Buffy y Faith intercambiaban sus cuerpos y reproducían sus propios manierismos en cuerpo ajeno, el habla y actuar de Stock apenas siguen los de Número 6. Aunque algunos le loen por ello, su intento de repetir las frases cortantes, el aire arrogante y la presencia candente de McGoohan es muy poco efectivo. Sin embargo, la voz en off que escuchamos reproducir sus pensamientos es la de McGoohan lo que contribuye a crea una contradictoria caracterización de Número 6 en su nuevo cuerpo.

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No es cierto angel de amor, que en esta apartada orilla…

Irónicamente es en este episodio en el que McGoohan está ausente en el que más descubrimos acerca de la biografía de Número 6. Hasta ahora le hemos visto actuar, hemos ido conociendo sus poderes y habilidades pero poco o nada hemos aprendido sobre su vida. La fecha de su nacimiento y que es un agente secreto, no mucho más. El Prisionero no proporciona información ni a sus captores ni a los espectadores. Sin embargo, en el proceso de demostrar que es quien dice ser descubrimos que está prometido con la hija de su propio jefe, Sir Charles Portland (¿es Número 6 un trepa?) y que su plato favorito es la liebre. Escuchamos sus nombres clave en Francia y Alemania, su nombre en código y hasta vemos con nuestros propios ojos la forma especial con la que besa a su novia en una escena que precisamente por la ausencia física de McGoohan adquiere el cariz de infidelidad encubierta (además de representar un hito en la serie dadas sus, como hemos visto, estrictas posiciones morales del romance en pantalla). Esta contradicción entre conocimiento y ausencia nos coloca ante una pregunta esencial ¿Quién es en realidad Numero 6? En estos trece episodios hemos sido testigo de sus planes de fuga, de su angustia, de su encierro, de la manipulación a la que ha sido sometido. Sentimos por él una empatía que al contrario de lo que sucede en otras muchas series no procede de nuestro conocimiento de su biografía sino de sus circunstancias, su temperamento, su decidida forma de actuar. El Prisionero es una serie en la que apenas sabemos casi nada de su principal protagonista, que permanece misterioso y magnético, ubicado en un a veces fastidioso hermetismo que alcanza más allá de su conclusión, llegando incluso hasta la biografía del propio McGoohan quien tras el final de la serie se trasladó con su familia a Suiza y después a Estados Unidos, donde permaneció hasta su muerte en 2009 sin hacer demasiadas apariciones públicas.

A este respecto merece una mención especial la breve aparición al comienzo del episodio de la “Sala de amnesia” en la que La Villa borra los recuerdos de sus ciudadanos mediante una serie de aparatosas máquinas. Todos los eventos desagradables, los interrogatorios, la torturas, los experimentos, pueden ser eliminados de la mente del sujeto que después es reintegrado a una existencia feliz y tranquila. En el caso de Número 6 la sala se emplea para eliminar los recuerdos de su llegada y estancia en La Villa para que al despertar crea que el tiempo no ha pasado. La posibilidad de inducir amnesia selectiva pertenece a esa constante preocupación de los 60 en general y de El Prisionero en particular con la mecanización de la sociedad, de la salud y con la amenaza del control mental. Que la tecnificada Villa posea una máquina que puede alterar la memoria genera nuevas e inquietantes preguntas sobre la serie. ¿Y si ha sido usada con Número 6? En varias ocasiones hemos hablado de la circularidad del tiempo en La Villa, de cómo el encierro diluye su paso y de cómo la disciplina totalizadora de la recreación y de las actividades lúdicas organizadas reduce la existencia a un conjunto de eventos recurrentes que hace de todo los días de Número 6 (y de los nuestros) el mismo día. Una circularidad que a su vez se manifiesta en la falta de continuidad en la trama de El Prisionero. Si como dicta ese lugar común “Los que no recuerdan la historia están condenados a repetirla” y La Villa puede controlar la memoria no nos queda más remedio que dudar de los acontecimientos que hemos presenciado hasta ahora: ¿Cuánto tiempo lleva Número 6 en La Villa? ¿Cuánto recuerda de su pasado? ¿Qué parte de esos recuerdos es cierta? ¿Vive sin saberlo en un infierno repetido, en una especie de Día de la Marmota? Pero no solo eso. La memoria es una parte esencial de la identidad. ¿Y si Número 6 reveló finalmente el secreto de su dimisión y no lo recuerda? ¿Y si luego fue reinsertado en La Villa? ¿Es una marioneta de sus autoridades? ¿O todo lo contrario? Como veremos en su momento, la posibilidad de que la memoria de Número 6 haya sido parcialmente borrada ofrece una variedad de explicaciones plausibles a los fantásticos eventos de Fall Out, el último episodio de la serie.

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Qué hace un apuesto espía como yo en un cuerpo como este.

Pese a su premisa casi sobrenatural, Do not forsake me, oh my darling sigue una trama con claves secretas, persecuciones, e intrigas bastante convencional y no muy diferente de la de otras series de espías de la época. El episodio se resiente de unos diálogos penosos, del equivocado intento de dar seriedad absoluta a una de las ideas más descabelladas de la ficción pulp como es la transferencia de mentes así como de lo absurdo de algunos puntos de la trama, como por ejemplo que la dirección de Seltzman se encuentre en unas diapositivas que Número 6 ya tenía en su poder antes de ser secuestrado por La Villa o que el Profesor Seltzman, arrepentido de su creación y convertido en el barbero de un pueblo austriaco, continúe con sus experimentos en su propio sótano. Y eso sin considerar el enorme agujero argumental que desmonta por completo el episodio (como señalan Steven y Moore, el proceso de reversión de Seltzman es por completo innecesario: basta con aplicar de nuevo el procedimiento de transferencia original a los sujetos para devolver sus mentes al cuerpo en donde estaban). De hecho, el mismo Vincent Tilsley ha reconocido con frecuencia que nunca creyó en el guión que él mismo había escrito. Y se nota. Porque además su texto no debió de gustar a ningún responsable de la serie y fue reescrito de forma sustancial sin su consentimiento. Ello contribuye a que pese a ser seguramente el episodio más convencional de El Prisionero, Do not forsake me, oh my darling sea menos creíble que muchos otros capítulos de corte más surrealista. Tampoco ayudó a mejorar el resultado la necesidad de crear un episodio con prisa, “como fuera,” lo que se traduce en un reciclaje constante de material que lo empobrece. Por ejemplo, el uso de stock footage (algo así como “metraje de biblioteca”) en la persecución en coche por Austria la hacen parecer una extraña mezcla entre un documental turístico y una escena de Austin Powers. Los decorados de la fiesta de cumpleaños de Janet también son reciclados; son los mismos que los de la fiesta de Mrs Engedine en A,B & C. Eso genera en el espectador medianamente atento una sensación de deja vu no muy agradable, algo que sucede también durante el regreso de Número 6 a sus escenarios londinenses habituales en una nueva reconstrucción de los títulos de crédito, un remedo que al contrario de la que tenía lugar en Many happy returns transmite más aburrimiento que emoción.

Aún así, el capítulo no es un completo desastre. Ese desesperado ansía por reciclarlo todo sale algo mejor parado en la escena en la que Número 6 recuerda el proceso de transferencia mental y los momentos y frases antologías que hemos visto en episodios previos se van encadenando en un montaje frenético. El guión también incluye alguna broma interna bastante jocosa como el “Welcome to the Village” con el que el camarero del pueblo austriaco recibe a Número 6 o la respuesta del subalterno cuando Sir Charles le pide que le muestre la diapositiva número seis: “Hopelessly overexposed”, responde. Otra afortunada recurrencia es el reencuentro con El Enterrador, el agente de La Villa de figura alta y siniestra que gasea a Número 6 en los títulos de crédito y al que vemos acechando al prisionero fugado, primero en su Rolls negro y después disfrazado de camarero en la fiesta de cumpleaños, como peatón y más tarde como chófer. Su ominosa presencia sirve muy bien para ilustrar la idea de que los tentáculos de La Villa llegan a todas partes.

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Las cuatro apariciones de El Enterrador.

A pesar de su apresurada y chapucera realización, Do not forsake me oh my darling se planteó como el primer episodio del bloque de 13 que conformaría la segunda temporada de la serie. Como ya mencionamos en Happy many returns, la idea de esa nueva temporada según los interesantes pero también convencionales planes de George Markstein era que Número 6 viajara por el mundo en misiones encargadas por La Villa, que permaneciera prisionero de ella pese a poder salir de sus confines. Por eso en este episodio no aparece el fragmento de la segunda parte de los títulos de crédito en el que el prisionero corretea por ella perseguido por la voz de voz en off de Número 2. Esta vez cuando despierta, después de pronunciar las consabidas palabras “Where am I…?” (que no pronuncia cuando despierta en La Villa al comienzo del episodio) y tras concluir que está en su propia casa, abre la ventana, ve en efecto los grises edificios que ocupan el otro lado de su calle y recorre su hogar como si su secuestro no hubiera existido. La máquina de Setlzman le ha permitido en cierto modo fugarse. Solo cuando contempla en el espejo un rostro que no es el suyo yel shock rompe la amnesia que le ha sido inducida, Número 6 comprende que todavía permanece prisionero.

Aunque las versiones difieren, se sabe que cuando se montó en el avión rumbo al rodaje de Ice Station Zebra McGoohan ya sabía que El Prisionero iba a ser cancelada. Para entonces George Markstein había abandonado la serie harto de su egomanía y de su gradual toma de control de todas las parcelas de producción, incluida la creativa (razón por la que al contrario que en Many happy returns Markstein no aparece como el funcionario tras la mesa en la que Número 6 presenta su dimisión). Precisamente esa absorción de funciones, esa militancia radical en la defensa de su particular visión de la serie, había hecho que McGoohan sufriera varias crisis nerviosas y le había colocado en un estado de alteración permanente que convirtió el rodaje en un auténtico infierno. Cansados de su temperamento, gran parte del equipo técnico corrió a ocuparse en otros proyectos una vez se terminaron los primeros doces episodios. Aquellos que permanecieron o que se incorporaron en la producción de Do not forsake me, oh my darling tampoco estaban demasiado contentos. De hecho se dice que el título de este episodio, una referencia al tema central de High Noon (Fred Zinnemann, 1952) en principio más apropiado para el siguiente capítulo, así como el uso en la banda sonora de la canción popular marinera My bonnie lies over the ocean, son sarcásticas referencias del equipo de la serie al hecho de que McGoohan les había dejado en la estacada para fugarse a Hollywood.

Con El Prisionero en el limbo, Lew Grade, el productor de la serie, llamó a McGoohan a su oficina unos días antes de su partida hacia Estados Unidos para discutir el futuro de la serie. Hombre de físico rotundo, calvo, orondo, de puro perenne y modales entre aristocráticos y campechanos, Grade era el productor televisivo británico más importante de la época. Su biografía no podía resultar más curiosa. Nacido cerca de Odessa en 1906 con el nombre Lew Winogrdsky, Grade fue bailarín de Charleston profesional en su juventud y para después convertirse en empresario teatral e influyente productor audiovisual entre cuyos éxitos comerciales más sonados destaca Los Teleñecos (1976-81). Decidido a dejar de lado el estilo rancio y paternalista de la BBC que hasta entonces había dominado la televisión británica, Lew Grade abrazó los modos de las cadenas comerciales norteamericanas. La cadena que fundó, la ATV, se financiaba a través de la publicidad y se preciaba de dar al público lo que quería: héroes imbatibles, acción, suspense, mujeres hermosas, gadgets, títulos de crédito memorables y sintonías pegadizas, que aunque ahora nos parezcan elementos fundamentales del vocabulario televisivo por entonces representaban una auténtica revolución audiovisual. En 1960 Lew Grade creó la ITC – Incorporated Television Company- para producir series de aventuras con un formato más fácil de comercializar: historias autoconclusivas que podían emitirse en cualquier orden y repetirse hasta la saciedad, bloques de rodaje de 13 episodios que permitían ajustarse de forma flexible a las necesidades de las cadenas y filmación en 35mm, que junto con la contratación de directores que venían del cine, elevaban sus producciones muy por encima de la calidad visual media en aquellos tiempos hasta alcanzar la categoría de cine en casa. Lew Grade, en definitiva, trajo la televisión moderna al Reino Unido. De los estudios de la ITC saldría una proporción considerable de las estupendas series que se realizaron en aquel país durante los sesenta y setenta, muchas de las cuales alcanzaron con éxito el mercado norteamericano: The Saint (1962-69), Man in a suitcase (1967-68), Department S (1969-70), The persuaders (1971-72), The protectors (1972-74) y también las producciones de Gerry y Sylvia Anderson con marionetas como Thunderbirds (1965-66) y Captain Scarlet (1967-68) y en imagen real como UFO (1970-71) y Space: 1999 (1975-78). Entre todas ella también estaba Danger Man, en cuya producción Grade entró en contacto con McGoohan. Era tan grande la estima que le tomó, tanto creía en su talento, que Grade no dudó en concederle carta blanca a McGoohan en la realización de El Prisionero sin ni siquiera haber leído un resumen del argumento. Pero el productor no era un filántropo y quería un retorno a su inversión. De hecho ya había vendido la serie en Estados Unidos y las noticias que recibía del set de la serie no auguraban nada bueno. Cada episodio costaba 75,000 libras de las de entonces, más del doble del presupuesto de la más cara del resto de sus producciones. Lew Grade no podía permitir que el proyecto se le fuera aún más de las manos.

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Lew Grade (1906-1998), de profesión magnate de la televisión.

McGoohan y Grade discutieron la continuidad de la serie. De entre las opciones que barajaron eligieron prolongarla cuatro episodios más. Cuatro episodios que de alguna forma sacaran a Número 6 del claustrofóbico entorno de La Villa, un entorno que amenazaba con asfixiar tanto a la producción como a los argumentos. Uno de esos episodios había sido filmado casi un año antes, Once upon a time, aún llamado por entonces Degree absolute, que originalmente iba a cerrar la primera temporada de la serie y que terminó convirtiéndose en el penúltimo. ¿Cuales serían los otros? Tras su regreso de Estados Unidos, McGoohan comenzaría la búsqueda de nuevos argumentos. Cualquiera podía contribuir con un guion: Jóvenes escritores, incluso miembros del equipo fueron llamados a colaborar. Y así fue como Do not forsake me, oh my darling terminaría siendo el ultimo de los episodios “normales” de El Prisionero. Porque el resultado de aquella búsqueda desesperada bajo la certidumbre de la cancelación fueron cuatro episodios que se encuentran entre los mas extraños, inusuales y extraordinarios de la historia de televisión.

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Dime qué Numero 2 prefieres y te diré cómo eres: Suave, educado, probablemente un burócrata de alto rango, este Número 2 es incisivo, calculador, bastante sereno y tranquilo. Nunca pierde la compostura y le repite una y otra vez a Número 6 que se relaje. Demasiado confiado en La Villa y sus poderes, nunca considera la posibilidad de que su plan pueda fracasar. Será ese exceso de confianza lo que le conducirá a la derrota. De una arrogancia inane y funcionarial, este es probablemente el menos memorable de todos los Número 2 de la serie.

¿Orden? ¿Qué orden?: Cuando se reencuentra con su prometida, Número 6 descubre que lleva desaparecido casi un año y mientras es observado por Número 2 antes de la transferencias de mentes, este le dice a El Coronel “Es nuestro ciudadano más interesante”, lo que demuestra que Número 6 ya lleva un tiempo en La Villa y sugiere que ha sido ya probado varias veces. El hecho de que la fuga no tenga mayor importancia en el episodio (aunque suceda, no es planeada por él) y que Número 2 no tenga éxito en su misión sugieren que estamos ante un episodio relativamente avanzado en el supuesto orden de la serie, aunque menos que A change of mind, por ejemplo dado que La Villa no intenta forzar la confesión de Número 6 mediante ningún método.

El detalle: Para demostrar a Seltzman que es quien dice ser pese a su apariencia física, Número 6 compara su escritura con la de la carta que envió al Profesor antes de ser secuestrado. En una broma privada, la dirección que aparece en esa carta es “20 Portmeirion Road”, la misma dirección que la del hotel donde se alojaba el equipo de la serie durante su estancia en la localización en el mundo real de La Villa.

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La curiosidad: Se ha convertido en un lugar común decir que “la realidad imita el arte”. Pero no por común el tópico es menos cierto. Las indumentaria y las gafas que le colocan a Número 6 para someterle al proceso de intercambio de mentes tienen un asombroso parecido con el mono y las gafas opacas que se le colocan a los presuntos miembros de Al-Qaeda que Estados Unidos mantiene detenidos en Guantánamo. Prisioneros de entonces, prisioneros de ahora. Qué curiosa coincidencia. ¿O son los servicios secretos norteamericanos fans de El Prisionero?

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¿Dónde puedo descargar este episodio? Aquí

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Batman - Intermedio: Pasando de la Temporada 1ª a la 2ª

Jonatan Sark, September 9th, 2008

Con el anterior capítulo finiquitamos la primera temporada de Batman así que parece adecuado realizar algunas reflexiones antes de ponernos con la siguietne fase y explicar, además, lo que ocurrió entre medias. El resumen de la primera temporada se salda con "Éxito Absoluto". El tandem Dozier/ Lorenzo Semple Jr. quería revitalizar al murciélago y realizar, a la vez, una serie divertida llevando a los superhéroes a un nuevo nivel y lo consiguieron plenamente. En el proceso lograron cambiar varias cosas siendo sus dos logros principales el regreso de Alfred al tebeo y -sobre todo- la ascensión a villano de primer orden (...)

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Jackass - S01, Ep01, Sketch08 - (Oompah-Loompah)

John Tones, August 28th, 2008

[youtube bIg5NUj2oYA] Jason Acuña, Wee-Man, es el protagonista absoluto de un breve clip en el que no nos vamos a detener demasiado porque su gracia es obvia y no demasiada. Uniformado como uno de los Oompa-Loompas de la versión clásica de Charlie y la Fábrica de Chocolate, Wee-Man patina, asombra y vacila. Sirva como reafirmación de las raíces de la serie en vídeos de patinismo payaso y como tarjeta de presentación de uno de los miembros más carismáticos de Jackass, que tendrá que ser fuertemente humillado y considerablemente ensalzado en sketches venideros. Esperen. (...)

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Historias Para No Dormir - S01, EP08 - EL PACTO

Amando De Ossodio, August 27th, 2008

UNO: PUEDES BEBER DE LAS MÁS SUBLIMES FUENTES... El caso del Sr. Valdemar es una obra cumbre no sólo del relato corto, no sólo de Poe, sino de la literatura en general y en mayúsculas. Tanto literaria como extraliterariamente. Repasemos una sucinta lista de virtudes: EL GORE Efectivamente, ningún relato de Poe es tan escabrosamente explícito como el que nos ocupa. Si bien Poe se había dedicado a sugerir -con una gran fuerza, eso sí-, lo cercano de la muerte por tuberculosis de su mujer y prima, Virginia Clemm, le hizo describir con frialdad quirúrgica cada uno de los procesos que llevaron a (...)

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Los Teleñecos - S01, EP11 - La bondad no entra en los telediarios

Raul Minchinela, August 23rd, 2008

Nuestra invitada de hoy es Lena Horne, una cantante de Jazz con tres razas en su árbol genealógico, que formó parte del mítico Cotton Club en los años treinta. Horne fue un clásico del Jazz en la televisión, y el número de programas en los que actuó es un catálogo de lo mejorcito de la historia catódica norteamericana. Horne ganó tres Grammys, incluido uno a toda su carrera. Y no tiene biopic porque la chica que la iba a protagonizar revolucionó al país enseñando un pezón en un partido de fútbol norteamericano. Con esa peli, tendríamos su trayectoria algo más (...)

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